Gabriel Costa Ferraro
6 de junio de 2013
Yes x 3 en el Luna Park el jueves 30 de mayo: un viaje al lado sur del cielo.
Gabriel Costa Ferraro
25 de mayo de 2013
Razones de mayo

Hoy en Argentina, 203 años después de la Revolución de Mayo, un montón de gente común y corriente, jóvenes, veteranos, laburantes, artistas, militantes y familias de todos los estratos sociales, festejan que hace 10 años se abrió una brecha para saldar algunas deudas históricas que ciertamente se han venido saldando, sin que eso signifique que no se hayan cometido errores o que no queden muchas de esas deudas aún pendientes. Festejan porque hoy pueden participar y discutir qué país quieren. Y festejan que recuperaron su trabajo, o que se pudieron jubilar, o que son el primer universitario en la familia, o que se pudieron casar con el que se les da la gana, o que sus aportes laborales ya no están en manos de bancos extranjeros rifados en la timba financiera y hoy se invierten acá, o que ya no tienen que esperar hasta el domingo a las 9 de la noche para ver los goles de su equipo o ver una tribuna en la pantalla porque no puede pagar el plus del abono de Cablevisión. Quien sabe. Por ahí festejan haber recuperado Aerolíneas e YPF, haber enjuiciado y encarcelado a genocidas que se mueren así y no libres como ha sido regla en la historia de la humanidad, haberle dicho no al ALCA de Bush, la Asignación Universal por Hijo, la impecable gestión diplomática por Malvinas o simplemente tener una Presidenta que no sólo no lee sus discursos si no que maneja una claridad y elocuencia conceptual que enferman de odio a sus contendientes políticos (que en amplia mayoría, no le llegan a los talones) y saca de quicio a sus enemigos de la monótona retahíla mediática (el verdadero partido opositor, afectado en sus negocios) de que "está todo mal" y que "son todos chorros" que esconden fortunas en bóvedas.
6 de abril de 2013
Sobre "viejas", "tuertos" y derrapes.
Gabriel Costa Ferraro
De basuras mediáticas y zombies
Teseracto vive y lucha...
16 de enero de 2012

Quién lo ha visto y quién lo ve a Roland Emmerich. Este experto en demoliciones ya posó una enorme nave extraterrestre sobre Nueva York para que la hiciera pedazos (“Día de la independencia”, 1996). Luego extrajo a un reptil gigantesco de las profundidades del mar y la monstruosa criatura pisoteó sin asco la isla de Manhattan hasta no dejar nada en pie (“Godzilla”, 1998). No contento con ello, inventó un cambio climático acelerado para inundar el hemisferio norte y congelarlo en escasos minutos, dejando medio planeta sepultado en una era glacial (“El día después de mañana”, 2004). Su última contribución a esta cadena apocalíptica fue “2012” (2009), donde una predicción maya dictaminaba el fin del mundo con la más caprichosa serie de catástrofes en cadena que la pantalla puediera abarcar.
Al hombre le encanta destruir, pero nunca fue muy exigente con los libretos, por lo que todas esas películas estaban llenas de anacronismos, ridiculeces y francos disparates argumentales, porque los efectos especiales eran la atracción principal y no había tiempo ni ganas de hilvanarlos en un asunto coherente. El empacho era el resultado final, excluida toda lógica. Pues bien, como ya destruyó todo el mundo y no le queda mucho más para inventar, la emprende ahora con otra demolición menos espectacular pero igualmente perversa: nada menos que el mayor autor de la lengua inglesa, el bardo inmortal de Stratford-on-Avon, el sublime William Shakespeare.
Conociendo a Emmerich, no puede sorprender que en el intento de demostrar que Shakespeare no solo era un fraude, sino que era además un palurdo que no escribió ni una sola línea de toda la obra que se le ha imputado a lo largo de cuatro siglos, recurra a cualquier falsedad histórica, mezcle los tiempos, cruce personajes alterando adrede sus trayectorias y se afilie a una teoría que ni siquiera le es propia. Hace mucho que algunas eminencias (en franca minoría, es cierto) sostienen que Shakespeare no fue quien escribió esa riquísima obra literaria, aunque nunca se han puesto de acuerdo acerca de quién fue el verdadero autor. Unos opinan que era Christopher Marlowe, otros sir Francis Bacon, algunos se dirigen a Edward de Vere, el 17º Earl (conde) de Oxford.
Por este último se inclina el libretista John Orloff, entendiendo que Shakespeare era de origen humilde y escasa cultura, lo que no explica la frondosa erudición que abunda en sus obras históricas. Es una teoría reaccionaria y elitista, porque niega que alguien de origen plebeyo pudiera alcanzar esas culminaciones literarias, algo que estaría reservado únicamente (al menos en el siglo XVI y XVII) a las clases nobiliarias. Pero Orloff llega más lejos aún: Will Shakespeare era apenas un actor de segunda que casi no sabía leer. Cuando De Vere (Rhys Ifans) decide representar sus obras y no se anima a figurar como autor por prejuicios de la corte isabelina, elige a Ben Jonson (recordado por “El alquimista” y “Volpone”) como testaferro, pero Shakespeare se le adelanta y recibe la aclamación del público. Así nomás.
Todo ese episodio es de una inverosimilitud apabullante y no resiste el más mínimo análisis, aunque el filme comience en la época actual con el eminente Derek Jacobi (afiliado a la “teoría oxfordiana”) anunciando que se va a desenmascar el milenario fraude. Así hay que creer que De Vere (nacido en 1550) escribió “El sueño de una noche de verano” e interpretó el papel de Puck cuando tenía apenas nueve años, que tuvo un apasionado romance juvenil con la reina Isabel I (Joely Richardson) y que se casó obligadamente con la hija del consejero real, Sir William Cecil (David Thewlis), para ocultar varias indiscreciones. El folletín no se ahorra nada, alternando el pasado de De Vere con su presente, cuando ya la reina ha envejecido bastante (ahora es Vanessa Redgrave, madre de Joely) y ha tenido varios hijos bastardos mientras se discute su sucesión por no tener descendientes legítimos.
El asunto entonces trata de ser entretenido (y lo logra) no ciñéndose exclusivamente a sostener la auténtica paternidad poética sobre la obra apócrifamente atribuida a Shakespeare, sino a pintar la corte isabelina con sus intrigas palaciegas, sus conspiraciones políticas, su doble moral y sus costumbres hipócritas. También el popular mundo del teatro, con muchas escenas representadas en el estilo de la época (“Enrique V”, “Romeo y Julieta”, “Hamlet”, “Macbeth”, “Julio César”, “Ricardo III”) y los exteriores londineses donde el pueblo (llamado “populacho”) transpira y pisa el barro de sus sucias calles. Así como el teatro Globo se incendió varios años después de lo que aquí se ve, todo responde a la falta de rigor para fechas y cronologías que los eruditos se han encargado de desmenuzar.
La explicación de Orloff es que así como las obras atribuidas a Shakespeare se tomaban varias libertades históricas, lo mismo hizo él en recuerdo y homenaje a esas desprolijidades. La explicación está lejos de ser convincente, pero hay una idea que domina todas las otras: De Vere ponía en sus piezas teatrales muchas alusiones a personajes contemporáneos, especialmente los que odiaba, como su suegro Cecil (el Polonio de “Hamlet”) y su cuñado jorobado Robert (“Ricardo III”), también odiados por el pueblo y utilizados políticamente para soliviantar los ánimos contra el régimen. Todo es muy discutible pero no deja de ser divertido, como son asombrosas las tomas en picada sobre Londres (maravilla de las técnicas digitales) y espectaculares otras como el entierro de la reina sobre el Támesis helado (en verdad murió en marzo, a comienzos de la primavera). Pero con ese elenco inglés y esas reconstrucciones, Orloff y Emmerich demuelen a un genio pero no logran que nadie les crea. A lo sumo, se les puede prodigar una sonrisa indulgente. Nada más.
“Anónimo” (“Anonymous”). Alemania-Gran Bretaña, 2011. Dirigida por Roland Emmerich. Escrita por John Orloff. Con Rhys Ifans, Vanessa Redgrave, Joely Richardson, David Thewlis, Sebastian Armesto, Rafe Spall, Edward Hogg, Xavier Samuel, Sam Reid, Jamie Campbell Bower. Duración: 130 minutos.
Publicado originalmente en el semanario "Búsqueda", Montevideo, Uruguay
“Misión imposible: Protocolo fantasma”, con Tom Cruise

Correr, saltar… tal vez volar
No hay cosa que no haga Tom Cruise en esta cuarta entrega de la saga Misión imposible. Como coproductor se nota que ha tenido carta blanca para demostrar que, a sus 48 años muy bien llevados, puede todavía posar como un joven capaz de ponerse toda la película sobre sus hombros (cosa que hace años es habitual en él), exigir que no se usen dobles en las escenas de acción y probar que su vigencia como estrella está intacta como para seguir siendo un poderoso imán de taquilla: el presupuesto del filme fue estimado en U$S 140 millones y recaudó, tras las fiestas navideñas, más de U$S 78 millones solo en EEUU, luego de su estreno el 18 de diciembre.
Lo cierto es que Cruise no luce muy diferente a cuando interpretó por primera vez al agente secreto Ethan Hunt en 1996, dando comienzo a la saga de aventuras inspirada en aquella exitosa serie de TV de Bruce Geller. Aunque los personajes no sean los mismos y las películas se apoyen casi exclusivamente en la fuerza que les imprime Cruise, los tres títulos anteriores, dirigidos por realizadores especialistas en el género (Brian de Palma en 1996, John Woo en 2000 y J.J. Abrams en 2006) han mantenido un estilo coherente, con un par de elementos clásicos como el tema musical de Lalo Schifrin y la recordada frase “esta grabación se autodestruirá en cinco segundos”. También han utilizado el humor como resorte ineludible, ya que los disparatados inventos técnicos y las extremas situaciones de peligro no podrían de manera alguna tomarse en serio y nadie pretende que eso ocurra.
Todo es un juego, ingenioso sí pero un juego al fin, que requiere del espectador cierta dosis de complicidad para dejarse llevar por la trama sin cuestionar su lógica interna, que no tiene nada que ver con la realidad sino con un universo de espías exclusivamente cinematográfico, similar al de la saga James Bond y netamente opuesto al sórdido mundo de Jason Bourne, por ejemplo. Es pura diversión, justamente la que los nuevos efectos especiales han dotado de un artificio espectacular porque permiten hacer creer lo imposible, como que Cruise está realmente escalando la torre Burj Khalifa de Dubai, la más alta del mundo, toda cubierta de vidrio y sin ningún borde de donde agarrarse, redonda y sin ángulos visibles donde afirmarse. Hay que verlo para creerlo. ¿Y sin doble de riesgo? Todavía me sudan las manos.
El asunto comienza cuando una bomba destruye parte del Kremlin y las sospechas rusas recaen en la gente del IMF, por lo cual el Departamento de Inteligencia le retira el apoyo oficial y el grupo debe actuar por su cuenta, tratando de lavar su nombre. Alguien muy escurridizo (Michael Nyqvist, el de la saga “Millenium”) intenta desatar una guerra nuclear entre Rusia y EEUU, por lo que el presidente norteamericano pone en marcha el “Protocolo fantasma”. Las correrías de Hunt no tienen entonces respiro, atravesando el mundo tras el terrorista con una escena culminante en Dubai y el único apoyo del reducido grupo integrado apenas por otras tres personas: el experto en computación Benji (Simon Pegg), capaz de manipular cualquier sistema de seguridad, la seductora Jane (Paula Patton), que piensa y pega con similar eficacia, y el enigmático Brandt (Jeremy Renner), que dice ser especialista en decodificar claves secretas pero esconde algo más. El plato está servido y sobran los ingredientes.
Para qué querría alguien iniciar una guerra nuclear y qué beneficio obtendría de ello es algo que se sabrá a su debido tiempo, luego de encuentros y desencuentros, engaños y contraengaños, tormentas de arena y luchas a brazo partido en un parking de varios pisos, con elevadores que portan autos de un lugar a otro y provocan caídas y aterrizajes que cortan el aliento. Las escenas de acción no parecen detenerse nunca y los escasos momentos de respiro sirven únicamente para plantear nuevos motivos de intriga que complican más las cosas. Y como todo depende de la urgencia por detener los planes de aniquilación de un loco, la velocidad se convierte en elemento primordial para que todo avance con ritmo trepidante. Quienes han visto las proyecciones en IMAX (solamente en las grandes ciudades del mundo) afirman que el resultado es doblemente impactante.
Para dirigir este capítulo de la redituable franquicia se eligió nada menos que a Brad Bird, un hombre que no había hecho antes ninguna película con actores reales porque se dedicaba al cine de animación, con títulos como “Los Increíbles” y “Ratatouille”. De acuerdo con esos antecedentes, Bird se muestra muy competente, porque allí también había mucha acción, y de la buena. Algunos dirán que en este tipo de entretenimientos el director es lo de menos, porque todo se planifica y ejecuta según reglas preestablecidas. Puede ser, pero todo mecanismo de relojería necesita de un experto que lo mantenga al ritmo adecuado, para que funcione fluidamente sin baches ni tropezones. Mientras Tom Cruise se encarga de correr, saltar y hasta volar, Bird se ocupa de que no se caiga, y ese trabajo sí que debió ser extenuante.
“Misión imposible: Protocolo fantasma” (“Mission: Impossible - Ghost Protocol”) EEUU, 2011. Dirigida por Brad Bird. Escrita por Josh Appelbaum y André Nemec, sobre la serie de TV creada por Bruce Geller. Con Tom Cruise, Jeremy Renner, Simon Pegg, Paula Patton, Michael Nyqvist, Vladimir Mashkov, Anil Kapoor, Léa Seydoux, Tom Wilkinson. Duración: 133 minutos.
Publicada originalmente en el semanario "Búsqueda", Montevideo, Uruguay
18 de noviembre de 2011
"El Gato Desaparece" de Carlos Sorín

La certeza de no saber…
Hay directores que se especializan en un tipo de cine y se sienten cómodos allí. Eso es lo que saben hacer y lo hacen bien. Otros exploran géneros o hacen películas “autorales” y no hay ninguna regla que diga que eso está mal. El éxito o el fracaso depende a veces de múltiples factores que no explican nada: los filmes “de festivales” no suelen ser festejados por los grandes públicos, así como aquellos que la crítica cataloga como “imperdibles” y resultan finalmente ajenos a la sensibilidad de las mayorías. No hay normas que indiquen cuándo y cómo una película va a ser un éxito, y menos aún cuándo va a reunir esas dos envidiables cualidades: aplauso crítico y gran recepción pública.
Entonces lo mejor para un director con afanes creativos es no preocuparse por ello, no estar pendiente de los festivales ni de la crítica ni de la boletería. Hacer, en fin, lo que él siente que le pertenece, que le es afín, que va a dejarlo conforme consigo mismo y en paz con su espíritu. Tal vez eso es lo que hizo que el argentino Carlos Sorín, luego de sus primeras experiencias con “La película del rey” (1986) y “Eversmile New Jersey” (1989) se dedicara largo tiempo a la publicidad antes de regresar a dirigir cosas de las cuales no estaba convencido. La primera era un respetable experimento de cine dentro del cine y la segunda una historia bizarra que nadie quiso ver. Sorín tenía que encontrarse a sí mismo antes de volver a la gran pantalla.
Y lo logró con “Historias mínimas” (2002), que se ambientaba en la Patagonia con pequeñas anécdotas simpáticas y a menudo entrañables, a la que siguió “El perro” (2004) dentro de la misma tónica. Sorín se afirmó como un director distinto, personal, que sabía sacar partido de los lugares desérticos, los actores improvisados y el ritmo pausado que se acompasaba con una acción mínima y con personajes comunes y reconocibles. “El camino de San Diego” (2006) arrancaba en un rincón de Misiones y desarrollaba una verdadera road movie en torno de un humilde trabajador cuya mayor ambición era entregarle personalmente un regalo a su ídolo Maradona.
No había villanos en todos esos filmes. La gente era esencialmente buena y servicial, un mundo casi ideal que se ubicaba en parajes al parecer incontaminados por la maldad, la ambición o la envidia. Un giro algo inesperado fue el de “La ventana” (2007), que no incluía ningún viaje sino el proceso interior de un anciano (Antonio Larreta) enfrentado al último día de su vida. La variante no cambió el estilo visual de Sorín ni su esmerada búsqueda del detalle mínimo que enriqueciera su anécdota, aunque un toque melancólico y crepuscular dominara inevitablemente el entorno de su protagonista.
Y ahora la sorpresa. El gato desaparece viene a mostrar a un realizador maduro y comprometido en un cine de género, como si quisiera probar que puede manejar otros temas y hasta intentar fórmulas más comerciales y elaboradas. Pero no hay que engañarse: aun en esta especie de psico-thriller, con escenas de tensión y suspenso muy bien defendidas por actores profesionales, Sorín sigue otorgando el primer lugar a una cámara muy inquisitiva, a los encuadres intencionados, al manejo del sonido y de la música con énfasis especiales, a los silencios que refuerzan el drama, al pleno dominio de un lenguaje cinematográfico de primer nivel, esta vez utilizando con eficacia la pantalla ancha, la iluminación y la profundidad de campo.
El asunto se refiere a Beatriz (la excelente Beatriz Spelzini), una señora de clase media-alta que muestra su nerviosismo cuando su marido Luis (Luis Luque) es dado de alta de un hospital psiquiátrico en donde estuvo internado varios meses por haber agredido violentamente a un colega presa de un ataque de locura motivado por los celos. Beatriz no sabe si Luis está curado del todo y nadie puede asegurárselo plenamente, pero disimula mal sus nervios cuando tiene que volver a convivir con ese hombre que luce un aspecto bonachón e indiferente, no se sabe si porque está sedado o porque es una fiera dormida a punto de dar el zarpazo.
El ambiente de esa casa burguesa es el de un hogar de intelectuales, donde él ha sido (es) profesor universitario, ella es traductora y los hijos ya crecidos se han mudado a vivir con sus parejas. Sólo queda la empleada con retiro y un hermoso gato negro, mascota muy apreciada por Luis que sin embargo responde mal a sus requerimientos, arañándolo y desapareciendo. El drama no está enfocado sobre la difícil vuelta a la normalidad del marido, que debe readaptarse a su rutina anterior, sino sobre las inseguridades de Beatriz, que ve a ese hombre como a un extraño a quien tiene que tratar con cautela y amabilidad pero a quien notoriamente teme y recela. La paranoia crece a límites pesadillescos, aunque nada en Luis indique algo anormal o agresivo. ¿Por qué entonces el gato lo agredió? ¿Y dónde diablos se habrá metido?
El cine argentino está logrando un nivel de calidad que no solamente lo llevó a ganar un Oscar (por “El secreto de sus ojos” de Juan José Campanella) sino que ha recuperado un grado de aceptación pública que había perdido luego de aquellas gloriosas épocas en que estrenaba 40 o 50 títulos al año gracias a una industria estable y redituable. Ahora además las películas muestran un sólido nivel técnico, libretos ingeniosos, actuaciones de primer nivel y no desmerecen frente a obras extranjeras elogiadas y premiadas. Parte de ese buen momento es El gato desaparece, cuyo director demuestra que no solamente sabe crear historias mínimas sino que tiene el talento suficiente como para hacer otras cosas, como por ejemplo manejar con solvencia un tipo de cine que se caracteriza, aunque parezca un juego de palabras, por la certeza de no saber.
“El gato desaparece”. Argentina, 2011. Dirigida y escrita por Carlos Sorín. Fotografía de Juan Apezteguía. Montaje de Mohamed Rajid. Música de Nicolás Sorín. Con Luis Luque, Beatriz Spalzini, Guillermo Hönig, Norma Argentina, Tristán Colombo, Damián Guitián. Duración: 90 minutos.
Publicada originalmente en el semanario "Búsqueda" el 17/11/11
"3 Millones" de Jaime y Yamandú Roos

¡¡¡Uruguay nomá…!!!
¿Qué pasa con el fútbol en Uruguay? ¿Qué es lo que hace que nos emocionemos, gritemos hasta quedarnos afónicos, discutamos o nos abracemos con un extraño que está al lado nuestro, y lloremos cuando un nudo nos aprieta la garganta y nos saltan las lágrimas? ¿Es tradición, es orgullo, es pasión, es fanatismo, es algo desmedido o un impulso que llevamos todos adentro? Al momento mismo de escribir estas líneas tengo ese nudo en la garganta y los ojos llenos de lágrimas. ¿Soy un cursi, un sentimental, un nostálgico incurable, un blando de corazón? Nooooo. Soy un tipo que tiene sus años y tuvo la suerte de vivir lo de Maracaná, lo de Suiza 54, lo de México 70 y lo de Sudáfrica 2010. Y varias Copas América hasta la del 2011. Y el Mundialito de 1980. Soy, en fin, un uruguayo medio que siente el fútbol como algo propio, como parte de su esencia, como un sentimiento íntimo, profundo, inexplicable. En fin, soy uno más del montón, uno entre tres millones.
Algo de eso es lo que Jaime Roos y su hijo Yamandú se propusieron captar cuando programaron un encuentro con motivo del Mundial de Sudáfrica, un pretexto para hacer algo juntos, para compartir cosas, para pasarla bien. Porque Yamandú (31) vive en Holanda y es fotógrafo, así que ambos no tienen muchas oportunidades de verse. Y Jaime (56) es simplemente Jaime, uno de los músicos más populares y queridos de Uruguay y de Latinoamérica. Es probable que cuando planificaron esta película documental no soñaran hasta dónde iba a llegar la selección uruguaya. Filmaban y filmaban, y luego se vería el resultado. Jaime es el narrador y el libretista, Yamandú maneja la cámara y habla español con acento, así que prefiere hacerlo en inglés con subtítulos.
Pero hay algo que trasciende y se transmite al espectador: la camaradería, la complicidad, el cariño de padre e hijo, la felicidad de estar juntos haciendo algo en común. Con uno cantante y el otro fotógrafo, era difícil que se les viera colaborando en algún espectáculo. El fútbol los une, como lo hace con mucha gente que frente a la Celeste se olvida de rivalidades partidarias. Como cuando cada uno se convierte en parte de esos tres millones.
La película, además de tener humor, sabe hacer cómplice al espectador de esta aventura sudafricana en pos de algo utópico que parece a priori imposible. Porque Uruguay nunca va a un Mundial para quedar por el camino y volverse a casa a las primeras de cambio. Uruguay va a ser campeón, porque la historia lo obliga, porque a pesar de que parezca imposible competir con selecciones poderosas de países del primer mundo siempre guarda una esperanza, siempre sueña con la gloria, siempre espera que aflore aquella vieja garra charrúa que muchos creen enterrada en el pasado. Siempre, en fin, sigue creyendo en milagros.
La pantalla achicada muestra material de Tenfield transmitido por VTV o filmaciones de Sergio Gorzy para “Cámara celeste”, pero el formato se agranda cuando se ve lo que registra la cámara de Yamandú o cuando se ven las jugadas de los partidos en las propias emisiones de FIFA en vivo y en directo. Todo ese material que está hábilmente compaginado, se hace ameno y llevadero, más aún porque el espectador uruguayo conoce a los protagonistas, ve caras que le son muy familiares, se adentra en la intimidad de los jugadores, es partícipe de las bromas, se hace cómplice de la famosa camaradería del plantel, la siente como propia, disfruta en todo momento. Y allí está Ghiggia, el héroe de Maracaná, tan humilde como si no supiera que es un ídolo venerado por varias generaciones, un jovial octogenario que hace sesenta años logró un triunfo increíble que se considera hasta hoy como la mayor hazaña del fútbol mundial. Y está allí, como uno más, todo un símbolo en sí mismo.
Hasta que llega el momento del debut, con los nervios contenidos, las miradas tensas, los dientes apretados, un primer empate ante Francia que es en cierta manera una desilusión. Y luego los tres goles ante el dueño de casa y otro triunfo ante México. Primeros en la serie, el arco invicto, cuatro goles. ¿Cuánto hace que no se daba eso? La primera etapa está superada, y Jaime y Yamandú siguen filmando hasta que haya que parar. Pero la cosa sigue. Victoria ante Corea y pasaje a cuartos de final. Todos se preguntan si no estará ya la misión cumplida, porque desde 1970 no se supera esa barrera.
Tremenda tensión con el empate ante Ghana, con todo un continente que apuesta por su único representante. Último minuto, la mano de Suárez, el penal errado, el alargue. Suárez se pierde el partido de semifinales, pero aún habrá que ver si se llega hasta ahí. Media hora sin goles, habrá penales. Muslera ataja dos. El Mono Pereira erra uno, pero el Loco Abreu la pica y provoca la locura. No importa lo que pase después, pero Uruguay es semifinalista y por lo menos será cuarto, como en Suiza, como en México, cuarenta años después.
Según relata Jaime, el partido contra Holanda, mostrado en detalle y con jugadas en cámara lenta, fue un robo del juez. Uruguay pierde pero no es apabullado. Juega de igual a igual y termina 3 a 2. Podría quedar tercero si le gana a Alemania, nada menos que a Alemania. Con un formidable golazo de Forlán, Uruguay se pone en ventaja por 2 a 1. Luego pierde por el mismo tanteador: 3 a 2. Nadie lo siente como una derrota. Desde 1954 no se hacían 11 goles en un Mundial. Forlán es el mejor jugador del campeonato y comparte el podio de los goleadores.
Seguro que da para festejar, porque no se logró el campeonato pero se recuperó una imagen y un prestigio que tres millones de uruguayos supieron agradecer y festejar. Para Jaime y Yamandú, ahora sí, misión cumplida. Hasta la próxima. Gracias por toda esa emoción revivida. Los de afuera son de palo. Si no lo entienden, peor para ellos. Nosotros sabemos lo qué significa. Somos pocos, claro, nada más que tres millones.
“3 millones”. Uruguay, 2011. Dirigida por Jaime Roos, Yamandú Roos. Escrita y editada por Mauro Sarser, Jaime Roos. Fotografia de Yamandú Roos, con material de Tenfield, FIFA y Sergio Gorzy. Producida por Marcela Matta. Canciones de Jaime Roos. Duración: 135 minutos.
Publicada originalmente en el semanario "Búsqueda" el 17/11/11
3 de noviembre de 2011
“Contagio”, de Steven Soderbergh

Las malditas epidemias
Una mujer muere de lo que parece apenas una gripe, y enseguida la sigue su pequeño hijo a quien contagió. En dos o tres lugares, los mismos síntomas causan otras tantas muertes. Antes de que las autoridades reaccionen, la epidemia se extiende a cientos, a miles, a millones, mientras algunos científicos intentan crear la vacuna que detenga la catástrofe. Curiosamente, este filme de Steven Soderbergh comienza en el “día 2”, salteándose voluntariamente la causa del mal que, como la gripe porcina o la fiebre aviar, podría tener su origen en el consumo de algún alimento contaminado. Pero el contagio se produce por el simple contacto de la piel, lo que hace más difícil su diagnóstico porque la enfermedad es tan fulminante que termina con la víctima en escasas 48 horas.
Con una construcción metódica y por demás sobria, el libreto de Scott Z. Burns (que ya había trabajado con Soderbergh en “El desinformante”) va pautando los días y la implacable propagación del mal, ante la consternación de un esposo (Matt Damon), que no puede creer que su mujer (Gwyneth Paltrow), recién llegada de Hong Kong, se haya ido tan rápidamente cuando parecía que sólo estaba afectada por una gripe a causa del abrupto cambio de clima luego del viaje. No tiene tiempo de recuperarse del golpe cuando el pequeño hijo de ella sucumbe en forma igualmente veloz, indicando inequívocamente que allí hay algo fuera de control.
El personaje de Damon, un hombre común de Minneapolis, no es en cambio el protagonista absoluto de la historia, que se abre en otras vertientes como un filme coral, con varias estrellas en roles breves pero contudentes. Allí aparece entonces Laurence Fishburne como un jerarca médico de Atlanta, que busca la colaboración de otros científicos (Kate Winslet, Marion Cotillard) para rastrear el origen del mal, mientras en el laboratorio experimenta otra doctora (Jennifer Ehle) en una desesperada empresa contrarreloj en busca de la vacuna salvadora. Otro personaje más bien siniestro (Jude Law), siembra dudas y lanza teorías conspirativas desde su muy consultado blog, denunciando (¿con razón o sin ella?) que el gobierno demora en hallar el antídoto porque está negociando con las multinacionales farmacéuticas.
¿Demasiadas puntas para un solo tema? Puede ser, pero hay que tener en cuenta que lo que se muestra en Contagio son apenas especulaciones sobre lo que podría pasar si una nueva epidemia, cuyo virus no se sabe de dónde viene y muta rápidamente, provocara millones de víctimas en el mundo entero en un plazo relativamente breve. Los gobiernos de todos los países, como ocurre acá, deberían alertar a la población, tomar urgentes medidas sanitarias, pedirle a la gente que no salga de sus casas para evitar tocar cualquier cosa que esté contaminada, y finalmente asistir a los enfermos con un altísimo índice de mortalidad, disponiendo de los cadáveres sin permitir a los parientes un entierro normal. El pánico tampoco se haría esperar, con saqueo de supermercados, asaltos a residencias y locura colectiva, porque lo que une a la gente en la adversidad la separa ante la inminencia de la muerte. Ahí no hay solidaridad que valga.
Soderbergh no necesita mostrar todo eso como si estuviera haciendo cine-catástrofe. Lo que le interesa es plantear una hipótesis y desarrollarla dramáticamente, en la forma más realista posible, como si fuera un documental. Por eso sus estrellas no utilizan el glamour y no tienen actitudes de heroico individualismo. El propio Damon luce gordo y envejecido, y Jude Law utiliza una prótesis dental que le afea la sonrisa. Son meros engranajes que el director utiliza para focalizar la anécdota en media docena de personajes que el público pueda identificar con facilidad. Pero como son actores talentosos, todos tienen a la vez la suficiente ductilidad como para adaptarse a papeles episódicos defendidos con breves pinceladas y puntual aunque escasa información. No debe esperarse un espectáculo épico de gran despliegue. Como “Traffic” (donde Soderbergh ganó un Oscar como mejor director en 2000) lo que importa es la sustancia, no el lujoso envoltorio.
Caso curioso el de Soderbergh. Comenzó su carrera en forma independiente con “Sexo, mentiras y video” (1989), realizó el talentoso experimento de “Kafka” (1991), sus películas siguientes llegaron directamente al video (“El rey de la colina”, 1993, “Pasiones latentes”, 1994), volvió a la cartelera con un asunto propio del mainstream (“Un romance peligroso” con George Clooney y Jennifer Lopez, 1998) y luego retomó su estilo con un policial vigoroso y nada comerecial (“Vengar la sangre”, con Peter Fonda y Terence Stamp, 1999). En el 2000 ganó su Oscar por “Traffic” y el mismo año se lo hizo ganar a Julia Roberts por “Erin Brockovich”, con lo cual su nombre se afirmó en Hollywood.
Ahora se dedica a ganar dinero con “La gran estafa” y secuelas (2001-2007) donde trabajan todos sus amigos (Clooney, Damon, Roberts, Brad Pitt, Elliott Gould), hace remakes inútiles (“Solaris”, 2002), fracasa con un intento de homenajear al film noir (y en blanco y negro) con “Intriga en Berlín” (2006), se embarca en una larga biografía muy respetuosa del “Che” Guevara (en dos partes, 2008, con Benicio del Toro), y pretende volver a su época independiente con “Confesiones de una prostituta de lujo” (sin estrellas conocidas) y “El desinformante” (con Matt Damon) ambas de 2009. Parece estar en la cómoda posición de hacer lo que quiere, sus actores lo adoran y George Clooney ha sido su coproductor. No siempre acierta, pero Contagio está entre lo mejorcito que ha hecho en los últimos tiempos.
“Contagio” (“Contagion”) EEUU-Emiratos Árabes Unidos, 2011. Dirigida por Steven Soderbergh. Escrita por Scott Z. Burns. Con Matt Damon, Laurence Fishburne, Marion Cotillard, Kate Winslet, Gwyneth Paltrow, Jude Law, Elliott Gould, Jennifer Ehle. Duración: 106 minutos.
Publicada originalmente en le semanario "Búsqueda" el 3/11/11
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